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domingo, 1 de julio de 2012

AL CINE A TRAVÉS DE UN SANTO


El Cine de mi pueblo

Recientemente he vuelto a Granada --mi ciudad de nacimiento-- para ser abuelo por segunda vez. Mi hija, catalana, tuvo la idea de casarse con un granadino y allí hemos estado recibiendo al nuevo nieto. En uno de esos días decidí dar una vuelta por el pueblo donde nací, Peligros, nombre atinado donde los haya y pueblo de mis primeras luces cinematográficas.

Ahi, en Peligros, recibí mis iniciales impactos cinefilos, bofetadas las llamaría yo, dado el nivel de hondura emocional que lograron provocar en aquel alma aturdida de un niño de la posguerra. El cine nodriza de mi futura militancia cinematográfica se llamaba San Ildefonso, nombre también muy apropiado, como pueden comprobar, especialmente los días en los que el gallinero se encendía con galanes y gañanes, que de todo había, babeantes ante el contoneo de Rita Hayworth y Marilyn Monroe en cintas como Gilda y Niágara, por citar dos ejemplos. 


Tampoco ligaban mucho con aquella beata denominación las pelis de caballistas o cowboys pistola en ristre; ya conocen aquel refrán de "eres mas raro que un santo con dos pistolas". En fin, lo cierto es que para los escasísimos empresarios de entonces, eran tiempos de ejecutar proyectos sin pararse a pensar mucho en los pequeños detalles, como era el caso de bautizar un local; con ponerle el nombre del patrón del pueblo, que por otra parte era el mismo que el de la parroquia, la cosa estaba resuelta. Aunque bien mirado tampoco era mala idea, teniendo en cuenta que los días de misa la Iglesia se encontraba siempre abarrotada.


Recuerdo que en aquellos domingos de culto era habitual encontrar a la salida del templo a un repartidor con Programas de mano que anunciaban la película que ese día iba a ser proyectada. Pueblerinos, si, pero no tontos. ¡Menudo plan de Marketing! Que mejor manera de captar espectadores que esperar a tenerlos todos juntos --la misa era sagrada para la mayor parte de las gentes-- para sermonearlos a la salida de templo mediante esa maravillosa herramienta publicitaria que fueron los Programas de mano. Sermón que lo único que pretendía era el trasvase humano de un templo a otro. Tampoco era pedir mucho, que por algo tenían el mismo nombre de santo. Lo dicho, puro Marketing relacional.

La verdad es que entre uno y otro templo no había grandes diferencias rituales. En el cine había que pasar por taquilla y en la Iglesia había que pasar por el cepillo, que menudas acusicas eran las beatas oficiales. Luego, ya saben, sermones en el púlpito y en el NO-DO, respetuoso silencio como norma entre los feligreses de una y otra función, elevación a los altares de santos y estrellas por parte de los concurrentes... Lo dicho, que tampoco era tan raro ir al San Ildefonso a ver la mise en scene de un determinado director, por irreverente que este fuera.

San Ildefonso fue mi padrino en cuestiones cinefilas, aunque no por mucho tiempo, la verdad, ya que a los nueve años mi familia decidió trasladarse a vivir a la ciudad. Pero lo suficiente como para venerar hoy su recuerdo como si en vez de un cine hubiese sido un santo de verdad. Con él descubrir todo cuanto el cine poseía de magia y ensueño. Y con él también sentí por vez primera la frustración de no poder ver todo aquel caudal de imágenes que proponían sus hermosos carteles, aquellos que colgaban de la fachada embutidos en destartaladas vitrinas. Desgraciadamente ni las arcas de mi familia  ni mis remendados bolsillos estaban para muchas alegrías. Con todo, siempre que podía me plantaba ahí, delante de esa fachada que ven aquí reproducida (hoy bastante cambiada) admirando carteles y carteleras una y otra vez.



El Cine San Ildefonso no fue un Teatro reconvertido, ni pudo ser bautizado como Coliseum o Palacio, fue solo una humilde sala de pueblo, de las miles que poblaron España en esos años crueles de posguerra. Pero sus efectos formativos y ensoñadores me han acompañado de por vida como un ángel de la guarda. En mi libro "LOS PROGRAMAS DE MANO EN EL CINE" pueden conocer algo mas de este pasaje de mi relación con el cine y con mi pueblo en aquellos años de la década de 1950.