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domingo, 29 de julio de 2012

EL PAPEL DE CHARLIE CHAPLIN



CHARLOT

Pensé que podría ponerme unos pantalones muy holgados, unos zapatones y añadir al conjunto un bastón y un sombrero hongo. Pretendía que todo estuviera en contradicción: los pantalones anchos, la chaqueta estrecha, el sombrero pequeño y los zapatos grandes. Estaba indeciso sobre si debía parecer viejo o joven. Me puse un bigote que me añadiría edad sin ocultar mi expresión. En cuanto estuve vestido, ropa y maquillaje me hicieron sentir la clase de personaje en que me había convertido. Empecé a descubrir su psicología. Cuando llegué al plató y me presenté a Mack Sennet, mi Charlot había nacido para el cine. Con estas palabras Charlot recordaba años más tarde su metamorfosis fílmica, su debut cinematográfico. Pero antes de ello había tenido que soportar un largo y difícil camino.

En 1894, con apenas cinco años, inicia su actividad teatral enrolado en compañías ambulantes que recorren Inglaterra y otros países europeos. En 1910 es tentado por el sueño americano y acepta una invitación para viajar a Nueva York y participar del reparto de la obra A night in a london Club —en la que interpreta a un gentleman borrachín—, obteniendo un notable éxito. Un buen día, cuando se encuentra representando la obra en el Pantage ́s Thea- ter de Los Ángeles, es descubierto por un incansable Mack Sennett, que por ese tiempo no cesa en la tarea de destapar nuevos talentos para su compañía. Aunque ese día Sennett había asistido al Pantage ́s Theater con un doble objetivo: encontrar un sustituto a su principal estrella cómica, Fred Sterling, y despedirla, cansado de sus continuas exigencias salariales. Poco después Chaplin se encontrará rodando para Keystone, en compañía de Mabel Norman y Roscoe Arbuckle, Fatty, otras dos incipientes estrellas.

Pero Charles Spencer Chaplin no era un actor convencional, como bien había adivinado Sennet. La ternura de su mirada, la comicidad de sus movimientos, la sutileza de sus gestos ponen en alerta a todos cuantos le rodean, conscientes de estar ante el nacimiento de un genio, de un actor que va a inundar de oxígeno un género que se resiente de tanta y reiterativa trivialidad. Muy pronto, a partir de 1914, su apelativo, Charlot —al igual que sucediera en Francia con Deed y Linder—, aparecerá en los títulos de más de una cincuentena de películas. Esta modalidad se inicia con Charlot periodista (1914), aunque no será hasta su segunda producción cuando estrene la indumentaria que le hará célebre en todo el mundo. España no fue una excepción.

Su primera aparición en España tiene  lugar en 1914. Apenas un año después la fama de Charlie Chaplin o Carlos Chaplín, --algunas revistas le llaman así-- posee tal dimensión que no pasa semana sin que su particular figura genere alguna crónica ensalzadora en los medios escritos. Charlot acapara todo tipo de noticias; todo en él provoca la fábula constante, la admiración. Lo mismo se habla de un pavo al que han bautizado con su nombre, debido a la similitud de contoneo andarín entre uno y otro, que del efecto mimético que produce su bigote entre miles y miles de ciudadanos: Charlot no sólo es ya el más insigne de los cómicos, también se ha revelado como el mayor icono visual de cuantos proyecta la cultura popular del momento.



Portada del Semanario CHARLOT
editado en 1916 por M. Navarrete



Almanaque para 1917 del 
Semanario CHARLOT (M. Navarrete)



Cromos chocolateros de la película
Vida de Perro (1918) Amatller



Aleluyas de Pulgarcito
Cuaderno de historietas publicado por El Gato Negro (c.1920)



Aventuras de Charlot
Cromos chocolateros, c. 1925



El Chico 
The Kid (USA, 1921)
Cartel litográfico del estreno en España. 100 x 210 cm.
Autor: M. Navarrete



El Chico 
The Kid (USA, 1921)
Cartel reposición. c. 1950



El Peregrino 
The Pilgrim (USA, 1923)
Programa de Mano en forma de Auca
Vilaseca y Ledesma S. A.



Aventuras de Charlot, Rey de la Risa
Cuaderno de historietas publicado por
Editorial Aurora hacia 1925



La Quimera del Oro 
The Gold Rush (USA, 1925)
Cartel argentino



La Quimera del Oro 
The Gold Rush (USA, 1925)
Programa tarjeta del estreno en España




Anuncio del Catálogo M. de Miguel de 1926



Charlot , Rey de la Risa
Semanario de historietas editado por El Gato Negro (1928)
Portada del cuaderno Nº. 1


Almanaque de Charlot para 1935
Editorial Alas



Tiempos Modernos
Modern Times (USA, 1936)
Cartel español creación de Llo/an. 
Tamaño 70 x 100 cm.




Candilejas
Limelight (USA, 1952)
Cartel del estreno (arriba) y primera reposición en España


domingo, 1 de julio de 2012

AL CINE A TRAVÉS DE UN SANTO


El Cine de mi pueblo

Recientemente he vuelto a Granada --mi ciudad de nacimiento-- para ser abuelo por segunda vez. Mi hija, catalana, tuvo la idea de casarse con un granadino y allí hemos estado recibiendo al nuevo nieto. En uno de esos días decidí dar una vuelta por el pueblo donde nací, Peligros, nombre atinado donde los haya y pueblo de mis primeras luces cinematográficas.

Ahi, en Peligros, recibí mis iniciales impactos cinefilos, bofetadas las llamaría yo, dado el nivel de hondura emocional que lograron provocar en aquel alma aturdida de un niño de la posguerra. El cine nodriza de mi futura militancia cinematográfica se llamaba San Ildefonso, nombre también muy apropiado, como pueden comprobar, especialmente los días en los que el gallinero se encendía con galanes y gañanes, que de todo había, babeantes ante el contoneo de Rita Hayworth y Marilyn Monroe en cintas como Gilda y Niágara, por citar dos ejemplos. 


Tampoco ligaban mucho con aquella beata denominación las pelis de caballistas o cowboys pistola en ristre; ya conocen aquel refrán de "eres mas raro que un santo con dos pistolas". En fin, lo cierto es que para los escasísimos empresarios de entonces, eran tiempos de ejecutar proyectos sin pararse a pensar mucho en los pequeños detalles, como era el caso de bautizar un local; con ponerle el nombre del patrón del pueblo, que por otra parte era el mismo que el de la parroquia, la cosa estaba resuelta. Aunque bien mirado tampoco era mala idea, teniendo en cuenta que los días de misa la Iglesia se encontraba siempre abarrotada.


Recuerdo que en aquellos domingos de culto era habitual encontrar a la salida del templo a un repartidor con Programas de mano que anunciaban la película que ese día iba a ser proyectada. Pueblerinos, si, pero no tontos. ¡Menudo plan de Marketing! Que mejor manera de captar espectadores que esperar a tenerlos todos juntos --la misa era sagrada para la mayor parte de las gentes-- para sermonearlos a la salida de templo mediante esa maravillosa herramienta publicitaria que fueron los Programas de mano. Sermón que lo único que pretendía era el trasvase humano de un templo a otro. Tampoco era pedir mucho, que por algo tenían el mismo nombre de santo. Lo dicho, puro Marketing relacional.

La verdad es que entre uno y otro templo no había grandes diferencias rituales. En el cine había que pasar por taquilla y en la Iglesia había que pasar por el cepillo, que menudas acusicas eran las beatas oficiales. Luego, ya saben, sermones en el púlpito y en el NO-DO, respetuoso silencio como norma entre los feligreses de una y otra función, elevación a los altares de santos y estrellas por parte de los concurrentes... Lo dicho, que tampoco era tan raro ir al San Ildefonso a ver la mise en scene de un determinado director, por irreverente que este fuera.

San Ildefonso fue mi padrino en cuestiones cinefilas, aunque no por mucho tiempo, la verdad, ya que a los nueve años mi familia decidió trasladarse a vivir a la ciudad. Pero lo suficiente como para venerar hoy su recuerdo como si en vez de un cine hubiese sido un santo de verdad. Con él descubrir todo cuanto el cine poseía de magia y ensueño. Y con él también sentí por vez primera la frustración de no poder ver todo aquel caudal de imágenes que proponían sus hermosos carteles, aquellos que colgaban de la fachada embutidos en destartaladas vitrinas. Desgraciadamente ni las arcas de mi familia  ni mis remendados bolsillos estaban para muchas alegrías. Con todo, siempre que podía me plantaba ahí, delante de esa fachada que ven aquí reproducida (hoy bastante cambiada) admirando carteles y carteleras una y otra vez.



El Cine San Ildefonso no fue un Teatro reconvertido, ni pudo ser bautizado como Coliseum o Palacio, fue solo una humilde sala de pueblo, de las miles que poblaron España en esos años crueles de posguerra. Pero sus efectos formativos y ensoñadores me han acompañado de por vida como un ángel de la guarda. En mi libro "LOS PROGRAMAS DE MANO EN EL CINE" pueden conocer algo mas de este pasaje de mi relación con el cine y con mi pueblo en aquellos años de la década de 1950.